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Martes, 15 de febrero de 2005
Era un profeta ten egregio que hasta el destino convergía en sus predicciones, doblegándose ante el empuje de su lucidez. La prospectiva comenzó siendo un pasatiempo en el penal de Siesia, tras las largas horas de tortura eléctrica a la que le sometían los invasores. Tras quince años de sufrir, desarrolló una pericia tal que era capaz de adivinar la fecha y hora de la muerte de sus compañeros reos, con la excepción de los albinos, a los que sólo podía predecirles el modo. Con el tiempo fue adquiriendo poder, al salir del penal y tras el triunfo de la resistencia fue nombrado Dueño y Señor de los destinos de Siesia. Las predicciones continuaban cumpliéndose hasta el punto de sorprender al propio profeta. Pasaba largas horas frente al espejo, atusando la larga barba tamizada de bello púbico femenino que no se molestaba en disimular. Alardeaba de conocer el destino de los hombres pero en su fuero interno sabía -y temía- que es imposible desentrañar al hombre en sí, porque siempre miente, y la mentira es el disfraz más elaborado de todos.
El pueblo se sentía orgulloso de ser su súbdito, al punto que, movidos de ese empuje demoledor que infunde el líder, fueron invadiendo los países limítrofes, los continentes, los océanos, los eriales... Su doctrina profética se instauró como único fondo y forma de ejercer el poder, centralizando todas las armas que éste tiene para doblegar las voluntades. Los años comenzaron a contarse a partir de su nacimiento y se barruntó su condición de demiurgo, ampliamente rebatida con el factor más claro de la vida que es la muerte. Con eso y con todo, dejó escritas decenas de miles de prediciones que indefectiblemente se iban cumpliendo con pavorosa precisión. El problema es que todas ellas eran nefastas, ninguna anunciaba el descubrimiento de una vacuna, el nacimiento de un prócer de la medicina o la venida de las buenas cosechas. Todas hablaban de imperios derrocados, familias reales pasadas por el garrote y cementerios repletos de seres rebeldes y utópicos.
Los matemáticos se esforzaban en encontrar el algoritmo de su sistema, una clave que permitiera a otros adivinar de ese modo. Pero sólo fue centenares de años después, cuando los ecos del profeta se hundieron en el cenagal del olvido, cuando aquellas altísimas torres sólo eran pedruscos sintetizados con las laderas de las montañas, sólo fue entonces cuando se descubrió la verdad. Un grupo de arqueólogos investigaban en las ruinas de Siesia, y en lo más hondo de una cueva, ocultos en un material inédito en esta era, encontraron unos escritos lacrados bajo el Sello se la Secta del Profeta. Databan de la época en la que el visionario se encontraba preso y eran una especie de juramento de un grupo de reos que prometían hacer cumplir todas y cada una de las macabras ideas de aquel insigne hombre. Irónicamente ellos fueron los profetas porque supieron ver que aquel árbol pusilánime, bien podado y bien limpiado su entorno de malezas, podría producir una sombra que les cobijaría de por vida.
Primer capítulo de la Secta del Profeta.
"Todo comenzó el día en que el profeta, por aquel entonces aun Claudio, adivinó la fecha de la muerte del alcaide invasor. Entonces, hermanos, comprobamos que el poder de la ignorancia era fuerte y que los demás empezaban a alabar al Profeta. Recordad siempre el primer asesinato que predijo y el olor que producían las vísceras de aquel infeliz cuando lo abrimos en canal. La primera de muchas muertes que nos conducirán a la riqueza en vida y quizás al averno en muerte".
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