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Jueves, 24 de febrero de 2005
Antes de que el idioma habitase en la lengua de los hombres, mucho antes de su primera plegaria, las preguntas se agolpaban como reses en la cancela de sus lagrimales. Solo mirando aprendían, y aprehendiendo atesoraban más ciencia de la que las palabras más tarde pudieran cobijar.
Pero un indeseable creó el verbo, que fue después, al contrario de lo que nos contaron. Y luego su peor discípulo se atrevió a pintar el verbo en una pared. Desde entonces languidece lo que una vez conocimos en el tren insólito de una impronta incierta. Y ya sólo conocemos lo escrito, veloz como una centella, como ese fotón que cubre millas en un parpadeo, peinando largas melenas de vidrio. Palabras de amor y desconsuelo, términos que acotan sensaciones y sentimientos, lexemas ateridos por el frio de lo inabarcable.
¿A dónde los conceptos libres? ¿Dónde la verdad desnuda?
Sobre una hoja un lápiz, y sobre él mi mano. ¿Que flujo incierto verterá sus humores en el averno impoluto de mi cuaderno? Abandonado por la verdad traté de dibujar su tenue perfil con carbón inapropiado, y tal es la palidez de su remedo que pagaré con mi alma la afrenta de haberlo intentado.
Sentir, pensar, decir; escribir ya al final de un incesante declive.
Autor: Carolo
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